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Él Mató en Tecnópolis: El consuelo del rock

Por Ilan Kazez |
  • PH: Matias Casal para Indie Hoy
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A Él Mató le costó sacarse el miedo y dar el paso a un show consagratorio en Capital. El de Tecnópolis fue el primero en casi un año. A pesar de ser considerada un faro para una generación de artistas independientes, los platenses siempre tuvieron paciencia en sus movimientos. Crónica y fotos.

"No tengas miedo”, repite como mantra Santiago Motorizado en la noche del sábado, sobre el escenario cubierto de Tecnópolis. La frase pertenece a “Terror”, de su anteúltimo álbum, La Dinastía Scorpio (2012). La luz azul oscura les daba un aura lúgubre a los seis músicos de Él Mató a un Policía Motorizado. El ritmo era lento y la guitarra espacial viajaba en pos de alcanzar la melodía. Había algo de ternura en la forma que canta Santiago, como un amigo que llega para consolar.

Recién en 2017, a más de una década de su nacimiento, rompieron la barrera del nicho indie con el álbum La Síntesis O’Konor. Hace tiempo venían coqueteando con la idea de un recital grande en Buenos Aires, pero en el medio, una “alerta” anónima de abuso contra el baterista generó algo de incomodidad en los seguidores.

Por todo esto, la expectativa del show en Tecnópolis era grande. Y Él Mató cumplió. Ante 5000 personas, ofreció un espectáculo sólido de 30 canciones en un poco más de dos horas, en las que repasaron su carrera y adaptaron su propuesta sonora y estética a un escenario grande sin perder identidad.

 “Día de los muertos”, del álbum homónimo de 2008, y “La noche eterna”, de su último trabajo, mostraron el contraste y evolución de la banda durante estos años: la primera manifestó densidad, y generó una épica apocalíptica, mientras que la segunda, más cristalina, tuvo más espacio y un estribillo casi pop. Apostaron por el volumen alto, aunque esto no impidió que sonaran nítidos y ajustados. Quedó claro en la complejidad de los temas del último disco, como la instrumental “La Síntesis O’Konor”, “Las luces”, “Destrucción” o “El mundo extraño”.

“Cuantas noches me despierto y pienso en el tiempo perdido”, se lamentó en “El fuego que hemos construído”, un track de marcha lenta e hipnótica de más de siete minutos. La pantalla mostraba un cielo rosado y el escenario estaba lleno de humo, como si fuera la tapa de Loveless de My Bloody Valentine, disco clave del ADN de El Mató. Los platenses hicieron de la introspección una estética y de eso se alimenta su mística: la mayor parte del tiempo, la contraluz formaba siluetas más que personas, mientras que las canciones hacían énfasis en los silencios. Santiago, con su look desaliñado y robusto, es el antifrontman del rock: retraído, de movimientos tímidos y pocas palabras, apenas algunos “gracias” o un “prosigan” cuando el público cantó contra el presidente Mauricio Macri.

Junto a “Madre” cargaron de dramatismo el set. Ambas fueron el comienzo de los bises, lleno de pequeños himnos: “El tesoro”, “Yony B”, “Chica de oro”, “Ahora imagino cosas”, “Más o menos bien”, “Chica rutera” y “Mi próximo movimiento”. Cerraron con “Prenderte fuego”, de su primer disco, en 2004. Los últimos minutos fueron dedicados al cuelgue instrumental distorsionado, demostrando que la búsqueda por su esencia alternativa se mantiene intacta, sin importar el tamaño del escenario ni la cantidad de público.