BODAS DE ORO

La accidentada historia de 'Astral Weeks' de Van Morrison.

Por Martín E. Graziano |
Un ataque al corazón, un escondite, una voz en estado de gracia. En el otoño de 1968, Van Morrison se encerró en los Century Sound Studios de Nueva York con un puñado de sesionistas que jamás había visto antes. El resultado fue Astral Weeks.

En las vísperas del Año Nuevo de 1968, el cadáver del productor discográfico Bert Berns fue hallado en la habitación de su departamento neoyorquino. Si bien su relación con Van Morrison había llegado a un punto crítico, no podemos tirarle el muerto al “león de Belfast”: en su infancia, Berns había contraído una fiebre reumática que dañó su corazón para todo el campeonato. Tampoco tomaba las mejores decisiones para su salud. Por ejemplo, Berns dejó los contratos de su sello Bang Records bajo la supervisión de Carmine DeNoia, una suerte de amigo gánster con pocas ganas de negociar. Una noche, al calor de la discusión y con varios litros de alcohol, el tipo solucionó sus diferencias estrellando una guitarra contra la cabeza de Van Morrison. De manera que, en el comienzo de esta historia, tenemos un ataque al corazón y una guitarra hecha pedazos. Mejor, imposible.

Morrison estaba en problemas. Su relación con Bang Records lo tenía freezado (no quería grabar para ellos, no podía tocar en los clubes del área) y su situación frente al Departamento de Migraciones era incierta. Pero como es sabido, un irlandés cascarrabias nunca se da por vencido. Se casó con su novia americana (la bellísima Janet Rigsbee, también conocida como Janet Planet) y, en un abrir y cerrar de ojos, ya no estaba bajo la luz del reflector. Van Morrison colgó su célebre póster de Leadbelly en un escondite de Cambridge, Massachusetts.

No era un mal sitio para esconderse. El área de Boston carecía de la prensa de Nueva York o California, pero era una de las cunas secretas de la contracultura. No fue sino en Boston donde Timothy Leary y Richard Alpert pusieron en marcha su Harvard Psilocybin Project y partieron los primeros cruzados hacia Oriente. El conservatorio Berklee emitía músicos a destajo, tenía una radio piola como la WBCN, Velvet Underground tocaba unas diez veces por año en el Boston Tea Party y, entre el público, merodeaban talentos ocultos como Jonathan Richman. Ahí, frente a esa misma audiencia, Van Morrison se deshizo de su primera piel eléctrica.

Acompañado por el contrabajista Tom Kielbania y el flautista y saxofonista John Payne, comenzó a ganarse el pan tocando en bolichitos de cualquier índole durante todo el verano de 1968. Alentado por la soltura de ese ensamble, compuso un ciclo de canciones elegíacas que dialogaban tanto con la tradición céltica como con la deriva de la conciencia de las vanguardias de la primera mitad del siglo (surrealistas, beats). Joe Smith, uno de los productores ejecutivos de Warner Brothers, se acercó a uno de aquellos conciertos y salió decidido a saldar el asunto de Bang Records con un montón de plata y algunos artilugios legales. Para septiembre, Warner ya había mandado al productor Lewis Merenstein como emisario artístico. “¿Para qué estamos perdiendo el tiempo? –dijo el tipo, apenas escuchó el material–. Vamos a hacer un disco”.

Formado en el circuito del jazz, Merenstein eligió desarmar el ensamble y contrató al bajista Richard Davis (que venía de tocar con Eric Dolphy) como band leader en el estudio. Programaron tres sesiones en los Century Sound Studios de Nueva York y reclutaron a Jay Berliner (guitarra), a Warren Smith Jr. (vibráfono, percusión) y nada menos que al baterista del Modern Jazz Quartet: Connie Kay. Para honrar su reputación, Van Morrison no les dio mucha bola. El 25 de septiembre llegó al estudio, se limitó a pasarles las canciones y se encerró directamente en la cabina para tocar la guitarra y cantar. Si la música era realmente un idioma universal, para qué andar con vueltas.

El cronograma de la fecha, sin ir más lejos, incluía “Beside You” y los dos tour-de-force “Cyprus Avenue” y “Madame George”, tres baladas impresionistas que no solo funcionaban como el corazón ético del disco, sino que eran lo suficientemente abiertas como para definir la dinámica de todo el proceso. El punto de partida de las dos últimas era prosaico (una calle, un personaje), pero la música emitía una luz que parecía oscilar entre las hojas de los cipreses y conducía la voz a través de una Belfast de sueño. Esos tipos recién se conocían y prácticamente no habían hablado, pero el murmullo que hacían juntos no se parecía a nada. “Fue una suerte de situación alquímica”, dijo Van.

Aunque no estaba invitado a tocar (esos tres primeros tracks los tocó un flautista no acreditado), Payne participó de la sesión como oyente. Cuando Van arremetió con un tema fuera de agenda como “Astral Weeks”, Payne dio un paso al frente y le abrieron la puerta para todo el disco. “Era una de esas canciones donde vos podés ver la luz al final del túnel… –apuntó Van–. Sobre ese tema, no creo que pudiera elaborar más que eso”.

Así como la magia se presenta, se desvanece. La mañana del 1º de octubre, apenas los músicos cayeron al estudio, advirtieron que no iba a funcionar. Que no existía el elemento inasible y fundamental que podríamos llamar “onda”. Como eran profesionales contratados, recién cerraron los estuches unas tres horas más tarde, pero si algo estaba claro, era que nada de todo ese material iba a servir. La tercera sesión era a todo o nada, de manera que Van Morrison puso sobre la mesa el material más ligero: “The Way Young Lovers Do”, “Sweet Thing”, “Ballerina” y “Slim Slow Slider”.

Aunque acababa de cumplir 23 años, ya tenía una idea muy madura del balance y de sus objetivos. Por esa razón, apenas se topó con el agregado de la sección de cuerdas, montó en cólera. “Lo arruinaron –dijo–. No quería las cuerdas. Y cuando me lo mandaron, estaba todo cambiado. Eso no es Astral Weeks”. A partir de noviembre, sin embargo, exactamente eso fue Astral Weeks para el resto del mundo: una tapa otoñal, ocho canciones divididas en dos capítulos (“In The Beginning” y “Afterwards”), una voz en estado de éxtasis. Al otro lado del océano, Nick Drake se encerraba a escuchar el disco y vaya si acusaba recibo. No muy lejos de Boston, un jovencito llamado Bruce Springsteen tenía su propia epifanía: “Me hizo confiar en la belleza, me dio un sentido de lo divino”. Como diría Juan Forn, ¿nadie va a decir “amén”?