HOMENAJE

Joan Manuel Serrat: De Algeciras a Estambul

Por Martín E. Graziano |
  • Crédito Chema Conesa.
En medio de su gira Mediterráneo Da Capo, revisitamos el clásico que el español grabó en 1971. Diez canciones que conectan el pop orquestal con la tradición anarquista de la chanson y la canción catalana. El martes 30 de septiembre se presentará en el Teatro Gran Rex.

Que los ortodoxos vengan de a uno. En el arco de seis meses, Joan Manuel Serrat pasó una temporada encerrado en un monasterio y un verano dionisíaco en la costa pesquera de Calella de Palafrugell. Para ser precisos: el 12 de diciembre de 1970,  acompañado por un grupo de intelectuales, se metió en el monasterio de Montserrat en protesta por la condena a muerte de varios etarras; con España aún bajo el puño de hierro de Franco, su paso siguiente fue una suerte de retiro junto al Tío Alberto de la canción. “Forzábamos la noche en el hotel Batlle cantando con Alberto Puig Palau –decía en aquellos días–. Y nos zambullíamos en las últimas copas de la madrugada”. El combustible, además del vino y la sal del mar, eran las ideas del Mayo Francés, los Beatles, la chanson orquestal de Brel, el anarquismo de Brassens, el drama de Mina y Domenico Modugno. Ahí, desde algún punto impreciso de esa larga parábola, salieron disparadas como flechas las canciones de Mediterráneo. Su blanco permanece intacto: todavía están cruzando el cielo.

El sello Zafiro programó una serie de cinco sesiones en los legendarios estudios de Fonit Cetra en Milán y les otorgó la dirección musical del proyecto a Juan Carlos Calderón y a Gian Piero Reverberi. Así, mientras Serrat hacía sus valijas, Calderón comenzó a trabajar contrarreloj, con los tickets de vuelo en una mano y las hojas pentagramadas en la otra. “Estuve toda la noche antes de ir a grabar a Italia pasando los arreglos al papel con el copista y tomando unas copas, pero ‘La mujer que yo quiero’ no la tenía hecha –dijo el músico–. La terminé como pude, borracho y estresado, a las 7.30 de la mañana, poco antes de que saliera el avión”.

En pleno invierno lombardo, Joan Manuel y su equipo se encerraron durante diez o doce horas con una larga fila de sesionistas cuyos nombres se perdieron en la noche de los tiempos. Nadie se tomó el trabajo de registrarlos porque, todo parece indicar, tampoco había demasiado tiempo para esa clase de minucias: los cinco días debían bastar para grabar y mezclar todo el material. Para el final de la semana tenían el disco terminado y, después de barajar varios títulos (Observo a los animales, Amo al mar, Hijo del Mediterráneo), Serrat decantó por la síntesis.

La foto de la portada, como corresponde a un clásico, adquirió estatura de ícono. Un retrato superpuesto que, como apunta Fabián Casas, parece unirse a la saga de If I Could Only Remember My Name de David Crosby y el primer disco solista de Ariel Minimal. Su factura fue fruto de la espontaneidad. “Llevábamos mi seiscientos y una maletita con cuatro camisas y cuatro chamarretas, entre las cuales estaba la de la portada –dice Colita, la fotógrafa emblemática de la gauche divine barcelonesa–. Francamente, era muy moderna: con el cuello de otro color, unas estrellitas y un dibujo muy pop. Ese retrato se hizo en la Costa Brava. Luego le dije al grafista que hiciéramos una superposición de dos negativos: el mar y la cara de Joan. Y así se hizo”.

La idea de Colita capturaba, en ese gesto técnico, el espíritu del disco. Mediterráneo era un disco donde Serrat, extático en la contemplación del mar, exploraba simultáneamente su identidad y la dimensión completa del orbe. Es, al menos en parte, un disco celebratorio y expansivo en la tradición que une a Whitman con Dylan Thomas y los grumetes de la generación beat. Por momentos se cierne la sombra, agradable como el reparo de un sauce, de la melancolía: el recuerdo de la dicha. La combinación es un ying yang anímico irresistible. “Vemos personajes, gentes comunes, historias de amor y trágicas hechas canción –dice Casas–. Nunca hace demagogia. No hay palabras de más. Parece pensar, junto con Chejov, que la felicidad no existe, lo que existe es el deseo de ir hacia ella”.

“Mediterráneo”, la canción de apertura, traza el mapa del disco. Apoyada en un intrincado 6 x 4, fluye una plétora de timbres y de palabras: las flautas y los juegos de la niñez, las secciones de cuerdas y los atardeceres rojos, la percusión sincopada y la muerte, los bronces y la mujer perfumadita de brea. “Esa psicodelia tan compuesta, catalana, mozárabe y ¡perfectamente pop! –dice el músico y arreglador Alejandro Terán–. En los días libres de la gira que hice con el quinteto de Serrat en 2001, me encantaba deambular a lo flaneur por el Gótico y cuando me cruzaba con una cobla de sardana (o aun frente a un Gaudí) el trip era similar: flotar en esa embriaguez que el Mar inocula a sus hijos, esa erótica. Es que Mediterráneo tiene eso: una erótica muy particular”.

“Pueblo Blanco” es el agujero negro del disco: un relato ominoso acentuado por los ataques de las cuerdas y los timbales que suena como una leyenda catalana filmada por Hitchcock. Como Scott Walker perdido en un monte de olivos. El Serrat letrista, que aún no tenía ni veintiocho años, da cátedra: ahí está su magistral uso de la rima y el giro del último verso, donde se revela la naturaleza del sujeto lírico. “Os juro por lo que fui / que me iría de aquí / Pero los muertos están en cautiverio / Y no nos dejan salir del cementerio”.

Aunque podría pasar de largo como su propia creación, “Vencidos” está basada en un poema de León Felipe. “Otro gran logro de Serrat es la manera en que suele musicalizar letras de otros poetas –agrega Casas–. Nunca se le nota la presión que a veces sufren otros autores cuando tienen que hacer encajar los versos previamente escritos en la música hecha a posteriori. Serrat, en cambio, naturalmente drena de los versos la música que ellos tenían en potencia”.

En ese final, el sujeto se cruza con Don Quijote y lleva la épica de la derrota hacia la cima de la montaña: “Hazme un sitio en tu montura / Que yo también voy cargado de amargura”. Durante ese preciso momento, cuando el disco está por terminar y llega a un clímax, es posible sentir la vibración de un desplazamiento tectónico: la voz de Joan Manuel acaba de pasar al siguiente nivel. Ya no es una voz. Es una entidad. “Serrat está gigante –dice Terán-, humano de esa Humanidad que hoy ya es mítica”.

Diez cosas de Mediterráneo que un arreglista disfruta eróticamente

(Por Alejandro Terán)

  1. La frase de las cuerdas cuando en “Mediterráneo” Serrat dice: "Y te acercas y te vas…"
  2. La simple frase ascendente de la cuerda que comienza en “Como un ladrón…"
  3. Los coros de las chicas y los clavecines, cada vez que aparecen.
  4. La frase de flauta y cuerdas que sigue al primer: “La mujer que yo quiero me ató a su yunta…”
  5. Las secuencias de cánones barrocos como la de: “El sacristán ha visto morirse al cura…”
  6. Los martellatos épicos con timbales como el que sucede luego de “Tras un sombrero de espartos…”
  7. Todo el arreglo extrañanamente beatle de “Qué va a ser de ti”.
  8. El trémolo de “Perdóname si hoy busco en la arena…”
  9. El intermedio de oboe y saltellato de “Barquito de papel”, como de imaginación de niño.
  10. La situación de los coros y la cuerda después de “En la playa de Barcino, frente al mar…”