ENTREVISTAS

Militta Bora: "La música es un exorcismo, me ayuda a sobrevivir"

Por Manuel Buscaglia |
La cantante habla de Heidi, su segundo álbum de estudio, de su infancia en Neuquén y de cómo se hizo un lugar en el mundo del rock.

“Nam Myōhō Renge Kyō, Nam Myōhō Renge Kyō, Nam Myōhō Renge Kyō”. Son las 20 de un jueves de agosto, y en un tercer piso ubicado a cuadras de la avenida Santa Fe, en Buenos Aires, hay nueve personas que repiten esas palabras. Lo hacen sin parar durante media hora. Inmóviles. Todos miran hacia el mismo punto, un altar que es una especie de placar miniatura con las puertas abiertas y un manuscrito en su interior. Están sentados –dos en un sillón, el resto en sillas– con las palmas de las manos juntas, a la altura del pecho, como si estuvieran rezando. Entre ellos está Militta Bora.

Hacen silencio. Se escucha el sonido de tres golpes de campana. Una mujer de unos 40 años llamada Silvana lidera la ceremonia. Ella pide que todos se pongan en círculo. Los integrantes de la ronda obedecen y empiezan a conversar entre ellos. Cuentan sus experiencias. Mencionan conceptos como “daimoku”, “la esencia de la vida”, “budeidad”.

“Hacemos Nam Myōhō Renge Kyō para conectar con la mejor versión de uno”, dice ahora Militta Bota, a casi un mes de esa noche de agosto. Acaba de salir de bañarse y está sentada frente a la computadora que tiene en su departamento ubicado en Las Cañitas. Se refiere al mantra que practica cada día –cuando se levanta y antes de dormir– y que aprendió en la Soka Gakkai, una organización budista de origen japonés que basa sus enseñanzas en la interpretación del Sutra del loto, una de las escrituras sagradas más importantes del budismo. “Voy todos los jueves porque me hace muy bien, no falto nunca”, cuenta.

“¿Querés un té, café, agua? Yo me voy a hacer un té verde”, dice mientras se levanta y camina hacia la cocina. Está vestida con una remera blanca lisa, dos talles más grandes que el suyo, unas babuchas negras y unas zapatillas rosas. Todo lo que Militta tiene en su monoambiente está vinculado a dos cosas: la música y la espiritualidad. Hay una guitarra Flying V rosa, libros –de budismo y biografías de músicos como Bob Dylan–, un mueble con fotos pegadas de Dalai Lama, el monte Fuji y Ringo Starr, y cuadros –con posiciones de yoga, frases en japonés, un reconocimiento de los premios Gardel y un certificado de la Soka Gakkai en la Argentina–. A los cinco minutos, vuelve a su computadora mientras le da un sorbo a su té. Con una mirada rápida, por su pelo corto platinado y su piel pálida, uno podría confundirla con Courtney Love a su edad –29–. El mismo tipo de belleza fría y desfachatada.

Los tipos se enganchan con la imagen de Militta Bora. Piensan que van a venir a mi casa, que vamos a tocar la guitarra, fumar porro, y yo soy otra cosa: una mina tranquila, que no fuma, budista, densa. Por eso se terminan aburriendo”, afirma Militta y le da play a Heidi, su segundo disco de estudio que salió a la venta durante la primera semana de octubre. Son 11 canciones en las que habla de relaciones adictivas y vínculos tóxicos a través de baladas que mezclan rock, guitarras acústicas y sintetizadores, en donde confiesa sus amoríos pasados y presentes. “Salvando las distancias, quise hacer algo similar a lo que hizo Madonna en Music, mucha guitarra y sonido de máquina”, dice. El álbum fue producido por Chucky de Ipóla, extecladista de Los Piojos y La Mississippi, entre otros grupos, y cuenta con la participación de Andrés Calamaro; los guitarristas Gabriel Carámbula, Jimmy Rip, Pato Lange, Santiago Tato; y el trompetista Miguel Ángel Talatira. “Las historias detrás de las canciones son experiencias mías –afirma–. Todavía no llegué a un lugar de usar la música para transmitir un mensaje. En mi vida apareció como un exorcismo, me ayudó a sobrevivir”.

Militta Bora nació el 28 de junio de 1989 en Neuquén, la capital de la provincia homónima, como Mili Gabriela Belén Bora. Se crió en una casa junto a su madre, Graciela; su padrastro, Jorge –su padre biológico abandonó a su madre cuando estaba embarazada y ella no quiso conocerlo hasta los 23–, que la adoptó y le dio su apellido; y sus dos hermanos menores, Julio y Martín. “Yo soy la reina, la más grande”, dice. Empezó a tomar clases de piano a los cinco años, pero era hiperactiva, terminaba distrayéndose y el profesor se cansó de que no le prestara atención.

Abandonó la música por un tiempo largo y a los 11 comenzó a practicar los acordes que le enseñaban en la escuela con una antigua guitarra que había en su casa. “Ahí empecé a hacer mis primeras canciones para evadir lo que pasaba alrededor mío”, cuenta. Para ese entonces, ella vivía con Jorge –que se había separado de su madre dos años atrás– y Julio, uno de sus hermanos. “Me llenó la cabeza de que mi mamá era lo peor y yo no la quería ni ver”, recuerda. Un día, Jorge le dijo que se iba a vivir con su nueva mujer, y que ella y su hermano quedarían a cargo de una señora que los ayudaría con la limpieza y la cocina. “Viví casi sola de los doce a los quince, y fue un caos –dice–. Mi padrastro iba una vez por mes y nos dejaba plata y comida”. Militta se angustió tanto que empezó a reemplazar la comida por alcohol, una enfermedad conocida como alcohorexia.

A los 15, volvió a vivir con su madre y su situación mejoró. Mientras giraba por escuelas –estuvo en más de cuatro por su mala conducta– empezó a escuchar a los Sex Pistols y decidió que iría a Buenos Aires a probar suerte. Dos años después, terminó el secundario, dejó Neuquén y se alojó en una residencia para ancianos en el barrio de Colegiales. Consiguió trabajo de vendedora en un shopping y dedicó sus horas libres a subir sus canciones y covers a MySpace. A través de la plataforma web conoció a Gabriel Carámbula, el guitarrista de Los Ratones Paranoicos, que le abrió las puertas de la escena rockera de la ciudad. Una noche de zapadas, conoció a Fabián “el zorrito” Von Quintiero, que le propuso armar una banda. Al proyecto se sumaron Roy Quiroga, el baterista de Los Ratones Paranoicos y el tecladista Chucky de Ípola. Así surgió Ella Es El Jefe. “Era el sueño de la piba. Estaba hace menos de un año y ya tocaba con mis ídolos”, relata Militta. El grupo se volvió un éxito en eventos privados y llegó a tocar en Nueva York.

Los años que siguieron fueron un huracán de ascenso vertiginoso para Militta. Juanse la invitó a cantar “La nave” en el show por los 25 años de Los Ratones en el Luna Park, cambió su trabajo en el shopping por un puesto fijo como cantante en el hotel Faena, conoció al legendario productor Jimmy Rip –que se ofreció a producir su primer disco, Militta, que se publicó en diciembre de 2013–, se hizo amiga de los integrantes de La 25 y Guasones, empezó a vincularse sentimentalmente con figuras públicas –primero tuvo una relación a distancia con el actor de Hollywood John Cusack, después con el exjugador de fútbol Daniel Osvaldo y más tarde con Chano, el excantante de Tan Biónica– y terminó en la edición 2016 de Bailando por un sueño junto a Marcelo Tinelli. “Mi sueño no era que me conocieran a través de una relación personal ni por escándalos, sino por la música –dice Militta. Heidi es su nueva esperanza–. Tengo fe de que va a pasar”.

  • Gentileza Militta Bora.