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Al Di Meola en el Ópera: Jaque al tiempo

Por Federico Martínez Penna |
  • PH: Sebastian Penna
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El guitarrista de 64 años repasó su carrera como músico de fusión orientando la madurez hacia puerto seguro.

De hacer caso al banner gigante que cubre el fondo del escenario del Teatro Ópera, es evidente que Al Di Meola ha madurado, aunque volver a esa idea también implica una reevaluación de la misma. Es difícil terminar de aseverarla cuando dicho banner se compone de un collage con los discos más significativos de este artista (que en su obviedad, serán recorridos a lo largo del set) y que, en su gran mayoría, lo retratan en una pose mística que mira hacia el más allá. Y siempre, con su guitarra.

Entonces, la madurez claramente no está en el fondo del escenario, pero sí al frente. Di Meola, de estampa canchera y jovial a sus 64 años, ha canalizado el paso del tiempo como un recurso de economía. Hace rato dejó de desafiar los límites de la velocidad jazz-fusión que lo hicieron famoso a fines de los setenta y optó en cambio por eliminar notas, aplicando mayor calor en la expresividad y el caudal emocional de la canción. El comienzo con “Azzurra” es una clara muestra de eso, a pesar de que instantes después en “Milonga Noctiva”, de su reciente disco Opus, el guitarrista mostrará algunos breves destellos de su icónico staccato con púa.

Acompañado por el pianista cubano Kemuel Roig y Fausto Beccalossi en acordeón, Di Meola se sentó con su guitarra y la ayuda de algunos efectos mientras entre canciones iba contando anécdotas relacionadas. Evocó al famoso festival de world music “Mawazine”, hizo sendas dedicatorias a su hija y a su esposa en “Ava’s Dream Sequence Lullaby”, “Stephanie’s Theme” respectivamente, y también al pueblo de sus abuelos en “Cerreto Sannita”. Pero entendiendo su visita porteña y su historial con el world music, los guiños locales no tardarían en llegar.

“Vamos a tocar algo de Piazzolla, que fue fundamental para mi historia musical y también algunas cosas de Lennon y McCartney”, había anticipado al principio. De esa forma, el guitarrista reconoció oralmente la herencia de Astor, quien parece atravesar globalmente su etapa moderna. Más allá de incorporar “Cafe 1930” al set, es evidente la influencia de la Suite Troileana en “Double Concerto”, uno de los momentos más celebrados de la noche. En ello, Roig demostrará ser un digno heredero de la dinastía de los Valdés y Rubén González, pero es sin dudas el acordeonista Fausto Beccalossi quien se llevaría mayores laureles. El italiano fue el sostén rítmico a lo largo de la noche y una pieza clave en el enfrentamiento técnico que Di Meola aprobó con sonrisas para ambos.

Subido a respetadas adaptaciones de los Beatles, “Because” sirvió para entender cómo el flamenco y el jazz componen el lenguaje de Di Meola. Ambos géneros le otorgan una dinámica con posibilidades de apropiarse de métricas tangueras y folklóricas, de la misma forma que “She’s Leaving Home” se transforma en un vals expansivo pero adusto, y que dio terreno al cierre más obligado. “Es esto lo que la gente vino a escuchar”, se oyó entre las primeras filas del teatro durante la pausa que el norteamericano hizo al rasguear las primeras notas de “Mediterranean Sundance”. Aquel capítulo icónico de la fusión que lo catapultó junto a John McLaughlin y Paco de Lucía a un entendimiento universal, fue un cambio de libreto definitivo. Roig y Beccalossi tuvieron la difícil tarea de llenar los zapatos de aquel trío icónico; pero lograron cumplir certeramente para satisfacción de su líder, quien al sonar las últimas notas se levantó de su silla y sentenció hacia la audiencia: “Espero volver al menos una vez más”.