ROCK

Raúl Porchetto: “Ser rockero es un compromiso”

Por Marcelo Fernández Bitar |
Es una de las grandes figuras históricas del rock argentino, con un trabajo pionero en los años 70 y momentos de popularidad masiva en los 80. Después siguió grabando pero sin repetir el furor, aunque ahora acaba de llenar su segundo Teatro Coliseo en dos años.

Raúl Porchetto nunca dejó de hacer música y grabar discos, pero durante muchos años estuvo alejado de los grandes recitales y de la difusión radial. Ahora parece que tanta constancia y dedicación silenciosa rindió sus frutos, ya que lanzó un álbum hecho en estudios y otro en vivo, además de dar muchas notas en medios de televisión y radio como anticipo de un show en el Teatro Coliseo.

El disco en vivo se grabó hace dos años y tiene todos sus hits históricos, mientras que el álbum de estudio se llama Sombras en el cielo y es tan rockero, vital y poderoso como sus mejores trabajos de los años 80. Fue grabado con invitados como Juanse, León Gieco, Rolo Sartorio (La Beriso) y Gabriel Pedernera (Eruca Sativa). Como bonus, incluye una nueva versión de “Algo de paz”, su famoso himno durante la Guerra de Malvinas.

¿Notás que en este último año, desde el regreso al Coliseo, comenzó a sonar más tu nombre?

Sí, y eso me sorprendió, porque obviamente hay chicos que ni me conocen de nombre. Sin embargo, en Instagram tengo seguidores que van de 18-19 años a 33-34, o sea que nacieron después del hit “Bailando en las veredas”. Y todos tienen muy buena onda. También me llama la atención que muchos son de toda Latinoamérica. En Spotify me escucha la misma cantidad de gente de México que de Argentina. También escuchan desde Perú, Ecuador y Chile. Son cosas que te sorprenden de las redes.

¿Después del show del 2016 en el Teatro Coliseo tocaste mucho, o enseguida te metiste a grabar y recién salís con este Coliseo del mes pasado?

La lógica hubiera sido salir a tocar mucho, pero siempre hago las cosas al revés [risas]. Quería grabar un disco nuevo, porque tenía material y quería aprovechar para hacerlo en ese momento, además de sacar lo que grabamos en vivo en aquel recital. Lo que pasa es que la producción de discos me apasiona y me llevó mucho tiempo porque tenía el sonido muy claro en mi cabeza. Soy muy detallista, así que me tomó casi un año y medio. Toqué muy poco en vivo en ese tiempo; solamente en La Usina del Arte y en San Juan. Esta vez la idea es hacer una gira nacional.

En un momento de principios de este año paraste de grabar. ¿Tuviste un problema de salud?

Sí. Tuve un ACV químico en diciembre y un preinfarto en marzo. Aparentemente todo por el estrés de estar mezclando el disco en estudios, porque soy muy obsesivo con los detalles, y ahora parece que se busca grabar más rápido. Además, se escucha todo muy comprimido, y lo que queda es como un “falso mono”, y yo prefiero que haya más dinámica y también abrir el espectro sonoro 180 grados. Me gusta lo digital, pero bien aplicado y que no suene de plástico. Acordate que yo empecé a trabajar con la batería electrónica en 1983: Charly Alberti venía a mi casa y a la grabación de discos como “Noche y día”, cuando usaba la Linn 9000.

Siempre tuviste buen oído y buen olfato para encontrar los mejores músicos para tus bandas. ¿Cómo las armás?

Me gusta ver a los músicos en vivo. Me pasó con Skay: lo vi tocar en un barcito con los Redonditos de Ricota y me volvió loco, porque era el sonido que yo quería a principios de los años 80, en la época de “Che pibe”. Hablamos y me agradeció, pero me dijo que estaba metido de lleno en los Redondos. Lo mismo ocurrió cuando diez años antes me recomendaron que fuera a ver al tecladista de un grupo llamado Sui Generis, y era Charly García, que me gustó tanto que lo invité a grabar en mi primer disco, “Cristo rock”, y fue su primera vez en un estudio.

También “descubriste” a Gustavo Bazterrica.

Sí. Empezó conmigo en un grupo que hice en 1974, que se llamó Reino de Munt, y lo llevé a grabar en PorSuiGieco. Después lo llevó Charly a La Máquina de Hacer Pájaros y Miguel Abuelo a Los Abuelos de la Nada. También tuve a Pedro Aznar, Lito Epumer y Mono Fontana en mi segundo disco. Y los GIT en los años 80, claro, después de estar seis meses ensayando en un sótano en La Lucila.

¿Te acordás detalles de cómo fue todo en los años 80, o fue una época de mucho vértigo?

Era muy intenso todo. A veces hacía salidas los jueves y volvía a casa los lunes, tocando cada noche en una ciudad distinta y viajando en micro. ¡Hemos llegado a hacer 10.000 kilómetros por mes! Cuando venían menos de 3000 personas, nos parecía flojo. Y con respecto a los discos, “Bailando en las veredas” vendía 5000 discos diarios durante mucho tiempo, ¡imaginate!

Debe haber sido raro conseguir lo que siempre soñaste, que es tocar mucho, pero sufrir porque era un ritmo agotador...

Por eso también paré, además de cuestiones familiares. El hecho era enajenante. No fue negar el cariño de la gente, porque me encanta mientras haya respeto. Pero yo nunca me volví loco por ser famoso. Te ayuda para laburar y mostrar tu obra, sin embargo a mí no me movilizaba desde ese lugar la carrera, o aparecer por aparecer, que no tiene que ver con mi forma de ser, con mi forma de vida. Soy un tipo más de la naturaleza. Pero llega un momento en que es muy enajenante repetir eso de terminar un disco y comenzar otro, la prensa, las giras. Se necesita espacio creativo.

¿Soñabas con hacer un teatro como el Coliseo, o ya pensabas que tu momento había pasado?

Lo veía cada vez más difícil y creía que no se iba a dar. Hubo un tiempo donde no me veía las manos ni los pies ni en el cielo ni en la tierra. ¡Era como el fantasma de Canterville! Pero mis amigos me dieron una gran mano, fue algo invalorable. Eso fue en 2008-2009, con gente como León, que me sacó del lugar donde estaba y me empezó a invitar a conciertos como el Bicentenario o un festival para Chile. Para mí eso fue muy lindo, y me sentí muy cómodo encontrándome con la gente.

¿Cómo fue la posibilidad de cantar con Roger Waters este año?

Me invitaron para cantar con él en el acto en la embajada argentina en Inglaterra, donde iban a dar las dos “Rosas por la paz” que hizo Juan Carlos Pallarols, pero al final no viajé y no lo pude conocer ni cantar “Algo de paz”. Se juntó mi problema de salud con otros asuntos medio burocráticos. A mí me encanta la política como ciencia. No soy un cantante de protesta, pero me siento comprometido con lo que pasa. Para mí, ser rockero es un compromiso, y por eso siempre me gustaron artistas como Bob Dylan y Roger Waters. También por eso hago lo del movimiento Arte por la Paz, que además es el nombre del programa de radio que tuve los últimos dos años en FM Millennium.

Vos, Charly, Nito y León se han reencontrado después de muchos años. Comenzaron juntos, cada uno armó su carrera, y ahora se reencuentran más grandes y con problemas de salud, pero con la amistad intacta.

Creo que somos más amigos que antes, cuando ninguno había recorrido nada. Nos conocimos cuando atrás solo teníamos sueños e ilusiones. Yo soy más amigo de Nito ahora que antes, y con León nos cuidamos como hermanos. Quizás antes cada uno estaba en su mundo, y ahora se valoran más determinadas cosas. Todos hemos vivido mucho y han pasado muchas cosas. Para ser un artista de rock hay que estar hipersensible y uno trabaja desde la sensibilidad, y eso tiene su costo.