SHOWS

Fabulosos Cadillacs en el Luna: De esto se trata el rock 'n' roll

Por Ezequiel Ruiz |
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
  • PH: Agustín Duserre
Con un show de entradas agotadas, el grupo se despidió de los escenarios temporalmente.

El Himno Nacional Argentino, en una versión free-jazz-rockera desde las cuatro cuerdas de Flavio Cianciarulo, fue lo último que los seguidores de Los Fabulosos Cadillacs escucharon de su banda favorita. Ante un Luna Park colmado, la banda concluyó con un ciclo que tuvo la edición de una ópera rock (“La salvación de Solo y Juan”, 2016), presentaciones en los festivales más importantes de América Latina (incluyendo su debut en el Cosquín Rock, en febrero de 2017) y con el que llegaron hasta el Madison Square Garden neoyorquino, show que quedó registrado en un CD/DVD. Con todo ese kilometraje encima, volvieron a Buenos Aires para dar por finalizada −por tiempo indeterminado− esta vuelta, que si hubiera que caracterizarla habría que hacerlo con la palabra “familiar”.

Florián Fernández Capello (guitarra y coros) y Astor Cianciarulo (batería y bajo)  se integraron como miembros estables a la banda que lideran en tándem sus padres Vicentico y Flavio, respectivamente. Dos veinteañeros inyectándole energía a una banda de músicos experimentados (Sergio Rotman, Daniel Lozano, Fernando Ricciardi, Mario Siperman) que, aunque peinen canas o brillen sus peladas, no pierden ni el entusiasmo ni ese espíritu de fiesta interminable. Se evidencia en esa retroalimentación con su público, que no para de agitar ni de saltar incluso desde antes de que comience el show. Cuando se apagaron las luces del estadio y la música de James Bond dio el pie para que el grupo ingresara al escenario (despojado, sin visuales, ideal para rockearlo y recorrerlo a lo ancho), comenzó todo. La versión Cadillac de “Strawberry Fields Forever” fue la primera de una noche en la que decidieron reformular el repertorio que venían interpretando en estos dos años. A cada clásico, le seguía una “tapada”, como para no bajar la intensidad y también para contentar a los más acérrimos. En ese plan, aparecieron algunas como “Paquito”, “Muy, muy temprano” (en la que profundizaron su perfil dub caribeño)  y “Siempre me hablaste de ella”, intercaladas con “El genio del dub / Radio Kriminal” y “Demasiada presión”.


Las canciones elegidas de su último disco sonaron en bloque y mostraron la madurez estilística del grupo. Pero aunque “Navidad” (hecha únicamente por las dos duplas padre/hijo, con todos en voces, los dos Cianciarulo en sendos bajos y Vicentico tocando un piano Roland), “El rey del swing”, “Averno, el fantasma” y “La tormenta” cuentan con una profundidad musical y una riqueza lírica que no hay en temas como “Mi novia se cayó en un pozo ciego”, lógicamente no consiguen la misma respuesta, el mismo furor.

En “Saco azul”, Vicentico pela una de las más sentidas performances vocales, de esas que lo ubican en la categoría de cantante único en su especie. En el pico dramático de la canción, apareció su mujer, Valeria Bertuccelli, para entonar y ponerle el cuerpo al recitado original grabado en “Rey Azúcar” (1995). La letra de la canción, compuesta mano a mano por la pareja, hace referencia al fallecimiento del padre de la actriz… ¿familiar, dijimos? Sí y todavía más: en el tema siguiente, “Caballo de madera”, se sumó con su guitarra Jay Cianciarulo, el otro hijo varón de Flavio.

“Ahora somos más hermanos que antes”, cantó el bajista en “Yo no me sentaría en tu mesa”, el último de los bises (entre los que sonaron “Te tiraré del altar”, “Siguiendo la luna” y “Carmela”) y lo que se veía sobre las tablas le daba la razón: los roles de la formación que había arrancado el show estaban totalmente cambiados, con Vicentico en el bajo, Daniel Lozano abandonando la trompeta para dedicarse a arengar, al igual que Rotman y Ricciardi. En una de las dos baterías se sentó Vicente Fernández Capello, el menor de Vicentico, mientras que Vaino Rigozzi dejó por un rato su trabajo de mánager para volver a agarrar la guitarra, como en la primera época del grupo. Los chicos están bien, se divierten y hacen lo propio con su gente: de esto y no de otra cosa se trata el rock ‘n’ roll.

“Hoy toco en el Luna, pero el fin de semana pasado estuve con Sotana −la banda de grindcore que tengo con Astor y Jay− en el City Bar de Martínez, en un festival tocando con bandas under de black metal, death metal, hardcore punk. La semana que viene tocamos en Club V y Casa Rincón… A veces los pibes se me acercan y me dicen ‘Che, qué bueno que estés acá apoyando al under’ como si yo fuera la reina de vaya a saber qué país que baja al pueblo de sus súbditos a darle algo. ¡No! Al contrario, el underground me apoya a mí, me sostiene. Ahí es en donde está la pureza, la libertad musical. A mis 53 años, el under me llena de vida, con bandas que hacen lo que les gusta, de la manera que quieren”, le dijo Flavio a Billboard horas antes de subirse al escenario del Luna Park, reflexionando sobre el pasado, el presente y el futuro, incierto para su banda insignia, pero clarísimo para él.