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Bue Día 2: la corona para Gorillaz, el barro para Major Lazer

Por Patricio Cerminaro |
  • PH: Tomás Correa Arce
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Los músicos de la banda animada de Damon Albarn y Jamie Hewlett fueron ninjas: en el show, ellos no eran lo importante; estaban, pero no se veían. Lo importante eran la música y las pantallas. Después, el grupo de Diplo no pudo tocar por la fuerte tormenta.

La apertura de puertas del segundo día del festival BUE estaba anunciada para las 16 horas. Sin embargo, el partido se empezó a jugar desde mucho más temprano: el pronóstico anunciaba lluvia -¡tormenta con vientos huracanados!- y en las redes sociales el rumor de los cambios de horario para los números centrales era cada vez más fuerte. Se comprimieron algunos puntos muertos, además de un enroque fundamental: Gorillaz tocaría antes que Major Lazer y tendría su turno tres horas antes de lo estipulado. Spoiler alert: uno de los dos números centrales ni siquiera pudo empezar su show.

En el clima ciclotímico de la primavera argentina, la reestructuración horaria se anunció en medio de un chubasco y las puertas se abrieron con el sol pegando fuerte. Allí, en el escenario principal −con tamaño extra para decenas de músicos−, un solitario Vince Staples hacía lo suyo. Era su música o nada: no había show, solo sus canciones y él, tímido y estático. En el microestadio refrigerado, no solo había un contrapunto térmico con el afuera, sino también estético: porque si Vince Staples era la música por la música misma, entonces Baxter Dury era el concepto por sobre la canción. Desde el look hasta la forma de enfrentar al público, todo estaba pensado en pos de dar un espectáculo. Y, encima, con una propuesta musical que sintetiza el sonido del britpop, hubo desparpajo punk con intensidad y oscuridad post-punk. Con el peor castellano posible, el hijo del mítico cantante Ian Dury, levantó hacia el público su copa de vino –que llenó varias veces durante la tarde- y propuso un brindis. Se lo ganó: salud, Baxter Dury.

Casi media hora después de lo estipulado –atención al dato, será importante más tarde- se apagaron las luces del escenario principal, más no las del cielo: el show de Gorillaz arrancó de día. “Hello, it’s anyone there?”, preguntaba una voz electrónica, una y otra vez. M1 A1, la canción que cerró el álbum debut, abrió el show. Desde la aparición de los músicos, se insinuó lo que ya se sabía: ellos no eran lo importante. Lo que valía era la música, lo que había que mirar son las pantallas. Ellos se limitaron a ser, simplemente, un medio para contar la historia. Con la lógica del teatro de marionetas, todos ellos estaban vestidos íntegramente de negro. Eran una docena de ninjas: estar ahí, pero no ser vistos. Porque lo que había que ver estaba detrás: tan ancha como el escenario y tan alta como se podía, una proyección gigante imantaba la atención, e iba contando su historia: la dupla de On Melancholy Hill y El Mañana era bella musicalmente y conmovedora audiovisualmente: sonaban fuerte los lamentos de Damon Albarn mientras unos aviones militares bombardeaban a los dibujitos animados, a los Gorillaz, hasta destruir su hogar. Y cuando suena Stylo, un Bruce Willis enorme se tiroteó con los cartoons en una carretera infinita.

Albarn pasó una noche visiblemente feliz: al terminar 19-2000, se sacó su campera y la revoleó sobre su cabeza al mejor estilo Soledad Pastoruti. En el campo había fiesta, y en el escenario también: los invitados desfilaban como en una competencia de canto en la que todos eran ganadores. La dupla Feel Good Inc. –con los De La Soul encendidos como pocas veces- y Clint Eastwood cerró la noche con sonidos de consagración. “Fue un año increíble para nosotros y esta es la frutilla del postre”, se despidió Albarn.

Lo que tanto había aguantado, no pudo esperar más: apenas terminado el recital de Gorillaz, el temporal golpeó, y lo hizo fuerte. Las indicaciones eran escasas y la información, nula. La resolución, abierta: el que quiera que se vaya a su casa y, el que espere a Major Lazer –en condiciones climáticas realmente complicadas- que se resguarde en el microestadio techado a ver qué pasa. Allí, frente a los rumores de la suspensión, se sucedieron los shows de bandas nacionales que habían quedado en el limbo de la reestructuración horaria, pero la banda de Diplo nunca apareció. Y él, furioso: “Gorillaz tocó tarde y nos cagó, así que pueden agarrárselas con ellos”, tuiteó, pasada la medianoche, para luego retrucar contra la cuenta del festival: “Muy poco profesionales. Decepcionaron a los fans de Major Lazer en Argentina al cambiar nuestros horarios y permitir que Gorillaz se extienda treinta minutos. El peor festival del que participé”.

Como se dijo: el cambio de horarios de la mañana había funcionado como un enroque. Allí, en el ajedrez, el rey gana una posición más segura en pos de mandar a la torre al barro. Anoche, Gorillaz quedó bien protegido. Y dio un show digno de un rey.