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Slowdive en Niceto: sin mirar al frente

Por Ariel Pukacz |
  • Foto: Matías Casal.
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Los británicos, que volvieron a juntarse después de 12 años, pasaron por Buenos Aires despuntando el dream pop y el shoegaze con álbum nuevo bajo el brazo.

Slowdive fue uno de los nombres más importantes del shoegaze. Con más deudas a Cocetau Twins que a My Bloody Valentine, supieron hacerse de su lugar durante los noventa. Este retorno con álbum nuevo los posiciona nuevamente en un lugar privilegiado del pop del nuevo milenio.

“Es la primera vez que se arma pogo en nuestros recitales”, admitió Rachel Goswell, con asombro pero también con frialdad. Es que el sonido que propone Slowdive en vivo en su versión siglo XXI dista mucho de sus discos. No estimula al baile ni al descontrol pero presenta un entramado más rockero. Esto se logra en parte gracias al trabajo de Simon Scott, baterista de los dos primeros álbumes.

Niceto se encontraba estallado de personas, desde millenials –consumiéndolos probablemente desde una visión más cercana al vaporwave– y cuarentones nostálgicos con remeras de Teenage Fanclub. El entusiasmo fue para todos por igual: Slowdive creó desde el primer momento una atmósfera implacable de guitarras procesadas y sintetizadores, pero la distorsión tuvo un protagonismo impensado que convirtió a las canciones en verdaderas aberraciones pop.

El inicio se dio con Slomo, canción que abre su nueva obra y siguió con Slowdive y Avalyn, de su primer EP de 1990. Luego fue el turno de Catch The Breeze, que dio paso a Crazy For You de Pygmalion, obra maestra de 1995. Esta reunión es una prueba irrefutable de que Slowdive no envejeció ni un día. Parecieron simplemente desbloquear el botón de pausa y continuar con su búsqueda, lo que evidencia que su sonido era adelantado para la época en que transcurrieron sus primeros pasos. Las canciones de 2017 no se canibalizan con su obra anterior, como le sucedió a Kevin Shield con el retorno de My Bloody Valentine.

Neil Halsted y Christian Savill apenas despegaron la vista de sus pies, un cliché del género que los definió y que fue tan emocionante de ver como a Iggy Pop revolcándose sobre vidrios rotos. Apenas se movían para cambiar de guitarra o para apuntar hacia el micrófono en himnos como Alison. Un grito desesperado desde el público exigió Machine Gun, que fue obviada del repertorio, pero Souvlaki dejó a todos mudos. Más de uno pensó que jamás iba a escuchar en su vida esa canción. Luego dispararon con When The Sun Hits para dar paso a su versión de Golden Hair, de Syd Barrett. Luego de una performance impecable, Rachel Goswell abandonó el escenario y el grupo como cuarteto interpretó una jam instrumental que amplificaba el dream pop hacia rincones oscuros: era imposible distinguir una nota de la otra. Una gran bola atmosférica parecía crecer pero no pincharse. Slowdive logró lo imposible: hacer durante una hora y media un show de puras ambientaciones sobre las que descansaba el pop susurrado. Los bises tuvieron su anti clímax: el plomo acercó una torta de cumpleaños para festejar los cuarenticinco años de Goswell en el mundo. Para recomponer el clima, terminaron de destruir Niceto con una versión inolvidable de 40 Days.