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El hechizo de Chris Cornell en el Colón

Por Walter Garré |
El vocalista de Soundgarden, Audioslave y Temple of the Dog fue el responsable de uno de los shows del año, en el que presentó Higher Truth en el emblemático teatro porteño: "Que la belleza de este lugar no les impida ponerse ruidosos. Canten y aplaudan todo lo que quieran".

Era un martes cualquiera en la ciudad de Buenos Aires y en el corazón del imaginario cultural porteño, a tan solo 200 metros del Obelisco, se produjo un encuentro que estaba fuera de los pronósticos. A las 19:30 h, lejos de la formalidad de los vestidos de gala, la manzana del Teatro Colón estaba repleta de jóvenes con zapatillas, remeras y jeans. Chris Cornell, uno de los íconos del movimiento grunge de la década del 90, estaba por dar uno de los últimos conciertos de su Higher Truth Tour en un lugar ideal para este formato íntimo y acústico.

Con la puntualidad que el escenario amerita, a las 21:03 un muy relajado Cornell apareció delante del telón, y la primera interacción con el público fue para su recuerdo personal: tomó su celular, apuntó a la gente y grabó la ovación. Minutos antes, su asistente se había encargado de afinar cuidadosamente cada una de las guitarras acústicas que luego aparecerían ubicadas a los costados del escenario para que el cantante elija la necesaria de acuerdo al setlist y las varias improvisaciones. El comienzo fue con Before We Disappear, de Higher Truth. El intérprete practicó un ejercicio que repetiría a lo largo de toda la noche; al estilo del formato Storytellers, se tomó la licencia de contar intimidades de cada canción como si estuviera en un fogón con amigos: de qué se trata, qué lo motivó a componerla, cuánto tiempo le llevó hacerla y cualquier detalle que le venga a la cabeza en ese momento.

Dueño de una de las voces más poderosas y expresivas de las últimas décadas, Cornell fue acompañado en casi toda la noche por el multiinstrumentista Brian Gibson para añadir textura al sonido descarnado de sus canciones. Gibson lo escoltó con el piano en los primeros temas, mandolina en Nearly Forget My Broken Heart y violoncello en muchas de las piezas. El público parecía estar más nervioso por la formalidad del venue que por el propio artista, al punto que Cornell tuvo que pedir que se relajen y hagan ruido. “Que la belleza de este lugar no les impida ponerse ruidosos. Canten y aplaudan todo lo que quieran”, dijo, acostumbrado a presentarse durante esta gira en todo el mundo en teatros de este calibre.

Luego de Can't Change Me, As Hope & Promise Fade y 'Til the Sun Comes Back AroundNothing Compares 2 U de Prince fue el primero de los covers que interpretó con un hermoso solo de Brian en el violoncello. En The Times They Are A-Changin de Bob Dylan se dio el lujo de cambiar la letra, comparando el contexto en el que fue escrita con la realidad actual. Además, celebró la actitud del poeta ante la entrega del premio Nobel: “Está muy bueno que haya ganado el premio, pero también es muy cool que no haya ido a retirarlo porque estaba ocupado en una gira tocando en conciertos”. También, citando a otro enorme, bromeó sobre el dispositivo que utilizó para tocar la armónica: “Le robé esta idea a Neil Young”.

Aparte de los pedales de efectos para las guitarras, jugó con una simple bandeja de tocadiscos mientras interpretaba una celebrada versión de Blow Out The Outside World, para luego regalarle el vinilo a un chico que bailaba desde temprano en primera fila. Las tenues luces y la oscuridad del teatro permitieron que por momentos las sombras del cantante se representen en forma gigante en las tertulias y galerías frente al escenario. La intimidad fue la clave de la noche, y así fue que Cornell confesó historias de su niñez y adolescencia relacionadas a las canciones. También cambió algunos de los temas del setlist: interpretó Call Me a Dog en vez de All Night Thing, sonó Worried Moon que no estaba en la lista y le esquivó a One de U2 no una sino dos veces. One era la encargada de cerrar, pero fue reemplazada primero por A Day in the Life. Sin embargo, alguien del público le gritó “¡Be Yourself!”, a lo que Cornell respondió “Ok, podemos hacer esa”. 

El público, encantado bajo los efectos del vudú cornelliano, escuchaba con ojos brillantes y sonrisas permanentes las anécdotas, disfrutando de un estilo de show que es moneda corriente en el hemisferio norte, pero no tanto en nuestro país – fiel al barro y los saltos del pogo–. Durante toda la noche, Cornell se mantuvo relajado como si estuviera en el living de su casa, conversaba constantemente con el público, escuchaba las sugerencias, se reía y estrechó las manos de los más cercanos. Fue una noche atípica, en la que Chris Cornell mantuvo por dos horas a todos bajo los efectos de su hechizo.